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Una semana sensual en Grecia

Creta es mar azulísimo, más bien, múltiples azules desperdigados sobre un agua calma, cristalina y helada. Es la historia de un laberinto que encierra al hijo de Europa. Es una tradición de hospitalidad antiquísima que se corona con frutas y licores al final de las comidas. Es el recuerdo de los pasos turcos, vencianos, helenos y romanos; de espadas, escudos, barcos y cañones. Creta es la ilusión de estirar el brazo y tocar tres continentes. Es una diosa milenaria con los senos desnudos y una serpiente asida en cada mano, una figura que me pone a delirar porque acarrea un eco de licenciosas imágenes de Mariana.

Ahí nos quisieron llevar las cóncavas naves del azar y, claro está, la cortesía de SDC, para detener el devenir durante algunos días y derrochar algarabía entre la brisa y el sol del Mediterráneo. La vida suspendida, flotando en el centro de la piscina del mundo, para recordarnos que, antes que otra cosa, somos cuerpos en búsqueda de cuerpos.

Como queriendo aferrarnos a las últimas horas que nos quedaban de esta utopía en que nos encontrábamos, caminamos, después de la última fiesta, hacia el cuarto de los juegos. Lo habían dispuesto de manera alargada y recordando el arcano laberíntico por el que la isla tiene vocación. El espacio se dividía en varias cámaras cada una con su encanto. Desde algunas, se podía espiar, desde otras, se podía observar, acaso tocar a través de huecos que comunicaban unas secciones con otras. Mi sala predilecta me recordaba a un teatro a la italiana en cuyo escenario se hubieran montado escaleras de colchones. Un híbrido entre el tablado y la gradería.

Escalar la montaña de colchones. Sortear uno a uno, o en grupos, los nudos de cuerpos que forman ese altorrelieve voluptuoso. Dejar la ropa a un lado. Extender las toallas que marcan una frontera franqueable; un mensaje ambiguo: éste es nuestro territorio, bienvenidos. Me arrodillo frente al cuerpo desnudo de Mariana. Es un altar. Es un manantial de piernas abiertas en el que mi lengua repite una letanía antigua y marina. Sus senos blancos no tardan en llamar la atención de otros animales de la noche, de otros cuerpos que se rehúsan a dejar que la semana termine.

Primero una mano que se atreve. Cuando la mano se siente segura, continúa su avance por el el cuerpo de mi esposa que se sabe una escultura de alabastro de esas que son oasis para el tacto. Después, son las manos de ella las que comienzan a explorar buscando las minas de textura de una orgía.

De pronto, somos dos hombres ofreciendo nuestro humilde tributo en carne a una diosa nocturna, con los senos desnudos y una serpiente hambrienta en cada mano. Metamorfosis. Anagnórisis. La certeza de saber que yo vivo para contemplar el momento en que mi esposa se transmuta en instinto y gula. Y mientras ella se entrega al ritual en el que es deidad y sacrificio, de la marea de cuerpos surge una figura contrastante. Una mujer oscura que brilla entre las olas níveas de pieles europeas. Viene directo hacia nosotros, como una cita, como un mensaje, como un compromiso ineludible. Me besa los labios y se me olvida que hay mundo.

Mariana está sentada sobre el sexo de un hombre. Yo tengo la cabeza entre los muslos de una mujer. Ellas, trenzadas en un claroscuro de gemidos que responden a lo que cada uno de los hombres tenemos para darles. La mano blanca de Mariana sobre la piel negra de la otra mujer me hipnotiza cuando levanto la boca para tomar aire. Estoy sobre la tierra en la que millones de hombres y mujeres diferentes han hecho el amor de millones de formas diferentes. Estoy en el crisol donde se funden dos suizos y dos mexicanos, cada uno resultado de otras mezclas, de otros orígenes, de otras raíces. Cada uno dueño de nuestros propios barcos y nuestros propios cañones. Estoy en dónde los golpes de la cadera de Mariana rompieron el control de un hombre que no pudo más y en el que el ritmo de mis embates cosecharon el gemido final de una mujer.

Después, Mariana y yo, el uno para el otro en ese epílogo que nos gusta regalarnos para saborear el sabido valor de volver a casa.

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About the Author: Diego el de Mariana

Diego y Mariana son una pareja swinger mexicana aficionada a contar sus historias y a compartir sus aventuras en el estilo de vida sw. Los autores detrás de "Jardín de Adultos", "¡Mariana no da consejos!", "Breve Manual para Swingers" y otros muchos proyectos dirigidos a dar información sobre el ambiente liberal y a fomentar una cultura de diversidad, sexo positivo, y educación responsable.

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