Que André sabe de mí – que existo- lo supe con certeza una tarde que estaba echado en un sofá, con mi novia, bajo una manta escocesa roja -ella me estaba tocando, es nuestra frma de practicar el sexo. Por regal general, nuestras novias creen en el Dios del los Evangelios igual que nosotros, y eso signigica que llegarán vírgenes al matrimonio -a pesar de que, en los Evangelios, no se haga alusión a semejante proceder. De manera que nuestra forma de practicar el sexo es pasarnos horas tocándonos, mientras hablamos. Nunca nos corremos. Casi nunca. Nosostros, los chicos, tocamos toda la superficie de piel que podemos y de vez en cuando metemos la mano debajo de sus faldas, pero no siempre. Ellas, en cambio, enseguida nos tocan el miembro, porqe somos nosotros los que nos abrimos lo pantalones y, a veces, nos los quitamos. Esto ocurre en casas donde los padres hermanos hermanas están en el otro lado, detrás de la puerta y cualquiera puede entrar de un momento a otro. Por tanto lo hacemos tidi dentro de una precariedad entreverada de peligro. A menudo no hay más que una puerta entreabierta entre el pecado y el castigo, y esto hace, claro está, que el placer de tocarse y el miedo a ser descubiertos, así como el deseo y el remordimiento, se ptresenten de forma simultánea, fundidos en una única emoción que nosostros llamamos, con una espléndida exactitud, sexo: conocemos todos sus matices y valoramos la resplandeciente derivación del complejo de culpa, del que es una variante entre otras. Si alguien piensa que es una manera infantil de ver las cosas, es que no ha comprendido nada. El sexo es pecado: pensarlo como algo inocente es una simplificación a la que sólo los infelices se entregan.

